De todos los grandes imperios que han salpicado la historia ninguno tiene, en mi opinión, tan mala fama como el Imperio Otomano. La reputación de un imperio suele medirse en función de sus logros en alguna materia concreta, por ejemplo el romano en la ingeniería, o el británico, cómo precursor del modelo económico capitalista globalizador (se podría decir que la Compañía de las Indias Orientales fue la 1º multinacional de la historia). Sin embargo para Occidente Turquía siempre será la puerta de Asia, y por lo tanto, frontera de lo extraño y lo desconocido. Así lo veían los antiguos europeos, especialmente los que vivían más al este, serbios, griegos, búlgaros, rumanos… pueblos que durante largos periodos de tiempo fueron ocupados por los Otomanos, algunos 4 siglos. Las viejas heridas cicatrizan con dificultad.
Kosovo ha declarado su independencia (unilateralmente denuncian algunos, aunque la independencia no se da, se toma si es que quiere tener alguna legitimidad). Muchos países occidentales reconocen al nuevo estado, pero los serbios no aceptan la partición de su territorio, y menos en una zona con tanta importancia histórica como Kosovo. Y es que allí tuvo lugar el 28 de junio de 1389 la batalla del campo de los mirlos, entre los serbios al mando del príncipe Lazar y las tropas del sultán turco Murad I. Los serbios, que basaban su potencial en la caballería pesada sucumbieron ante los caballos de origen mongol de la caballería otomana, mucho más rápidos y resistentes. A pesar de no ser una batalla definitiva y que la anexión de Serbia tuvo lugar finalmente en 1459 (y hasta 1867, cuando los últimos soldados turcos abandonaron la fortaleza de Belgrado), el golpe psicológico a la joven y orgullosa nación fue grande. Los buitres se pasaron días alimentándose del ejercito de Lazar. Poco quedaba de las armaduras con adornos de oro que llevaban los príncipes. Y es que Serbia no era una nación atrasada ni pobre; con el arte religioso y sus iglesias anticiparon lo que luego sería el Renacimiento Italiano, pero sus logros fueron barridos por los otomanos y lo que no fue destruido se guardó en los monasterios ortodoxos (como el de Gračanica en Kosovo) que, construidos en la época de mayor esplendor que vivieron los Balcanes, el reinado del Emperador Esteban Dušan a mediados del siglo XIV, se repartían por el país, atesorando la memoria de los serbios.

El príncipe Lazar Hrebeljanović un lunes por la mañana

Murad I
“Serbia nunca ha traicionado a Europa y ahora Europa traiciona a Serbia” exclaman en las calles de Belgrado. Encajonados entre fuerzas formidables (el miedo de occidente, el empuje de Oriente) los serbios hayan una forma de autoafirmación en proclamar su derecho a no perder más territorio, a vivir en consecuencia a la historia que les han enseñado (por muy subjetiva que esta sea). Demográficamente los albaneses son mayoría en Kosovo (sus antepasados posiblemente fueron mercenarios llegados de Azerbaiján en el siglo XI, durante las invasiones árabes del sur de Europa) pero los Serbios tienen más muertos enterrados.
Es muy poco probable que volvamos a ver una limpieza étnica en los Balcanes. En teoría es razonable pensar que las fuerzas militares de las Naciones Unidas sirvan de muro de contención para las posturas más radicales (el primer ministro serbio ya ha dicho que no utilizara la violencia para “recuperar” Kosovo), pero no debemos olvidar que tradicionalmente son los paramilitares más o menos descontrolados los que llevan a cabo las matanzas. Parece ser que los albaneses odian el licor de ciruela (muy típico de la zona) debido a que era con lo que se emborrachaban los partisanos serbios antes de sus incursiones al final de la segunda guerra mundial, un periodo de la historia menos vistoso que la guerra en si pero que muchos ocuparon en ajustar cuentas en medio del caos de la retirada nazi de los Balcanes y la llegada del Ejército Rojo.
De momento solo hay manifestaciones y algún ataque aislado en los puestos fronterizos, pero recordemos las palabras con las que las madres serbias saludaban a sus hijos al nacer durante la ocupación Otomana, la “larga noche Oriental”:
“bienvenido al mundo, joven vengador de Kosovo”



No entiendo que tiene que ver todo esto con paris hilton. no obstante una lectura didactica
Exquisito el licor de ciruela…
Quizas eso es justamente lo que necesitamos, que se incluya una dosis de realidad donde solo cabe Paris Hilton
Gracias a publicaciones como estas he podido ir entendiendo a mi esposo, serbio como el que mas, a quien consideraba tan unilateral como la independencia de Kosovo debido a mi ignorancia y entendi tambien como por ignorancia, pueblos capaces de vivir lado a lado sin importar idioma, credo o raza, se vuelven enemigos tan pronto la politica mete la cuchara.
Como lei en otro blog, lo dificil en esto son los casos de individuos con ascendencia doble, quienes post guerra caen en un limbo existencial en el que no pueden libremente formar parte de un bando ni del otro y se forzan al exilio para subsistir.
WELL DONE!!!! a los que han maquinado este plan y que Dios nos agarre confesaos!