Recordando el campo de los mirlos

20 02 2008

De todos los grandes imperios que han salpicado la historia ninguno tiene, en mi opinión, tan mala fama como el Imperio Otomano. La reputación de un imperio suele medirse en función de sus logros en alguna materia concreta, por ejemplo el romano en la ingeniería, o el británico, cómo precursor del modelo económico capitalista globalizador (se podría decir que la Compañía de las Indias Orientales fue la 1º multinacional de la historia). Sin embargo para Occidente Turquía siempre será la puerta de Asia, y por lo tanto, frontera de lo extraño y lo desconocido. Así lo veían los antiguos europeos, especialmente los que vivían más al este, serbios, griegos, búlgaros, rumanos… pueblos que durante largos periodos de tiempo fueron ocupados por los Otomanos, algunos 4 siglos. Las viejas heridas cicatrizan con dificultad.

Kosovo ha declarado su independencia (unilateralmente denuncian algunos, aunque la independencia no se da, se toma si es que quiere tener alguna legitimidad). Muchos países occidentales reconocen al nuevo estado, pero los serbios no aceptan la partición de su territorio, y menos en una zona con tanta importancia histórica como Kosovo. Y es que allí tuvo lugar el 28 de junio de 1389 la batalla del campo de los mirlos, entre los serbios al mando del príncipe Lazar y las tropas del sultán turco Murad I. Los serbios, que basaban su potencial en la caballería pesada sucumbieron ante los caballos de origen mongol de la caballería otomana, mucho más rápidos y resistentes. A pesar de no ser una batalla definitiva y que la anexión de Serbia tuvo lugar finalmente en 1459 (y hasta 1867, cuando los últimos soldados turcos abandonaron la fortaleza de Belgrado), el golpe psicológico a la joven y orgullosa nación fue grande. Los buitres se pasaron días alimentándose del ejercito de Lazar. Poco quedaba de las armaduras con adornos de oro que llevaban los príncipes. Y es que Serbia no era una nación atrasada ni pobre; con el arte religioso y sus iglesias anticiparon lo que luego sería el Renacimiento Italiano, pero sus logros fueron barridos por los otomanos y lo que no fue destruido se guardó en los monasterios ortodoxos (como el de Gračanica en Kosovo) que, construidos en la época de mayor esplendor que vivieron los Balcanes, el reinado del Emperador Esteban Dušan a mediados del siglo XIV, se repartían por el país, atesorando la memoria de los serbios.

 

Lazar

El príncipe Lazar Hrebeljanović un lunes por la mañana

Murad I

Murad I

 

 

 

“Serbia nunca ha traicionado a Europa y ahora Europa traiciona a Serbia” exclaman en las calles de Belgrado. Encajonados entre fuerzas formidables (el miedo de occidente, el empuje de Oriente) los serbios hayan una forma de autoafirmación en proclamar su derecho a no perder más territorio, a vivir en consecuencia a la historia que les han enseñado (por muy subjetiva que esta sea). Demográficamente los albaneses son mayoría en Kosovo (sus antepasados posiblemente fueron mercenarios llegados de Azerbaiján en el siglo XI, durante las invasiones árabes del sur de Europa) pero los Serbios tienen más muertos enterrados.

Es muy poco probable que volvamos a ver una limpieza étnica en los Balcanes. En teoría es razonable pensar que las fuerzas militares de las Naciones Unidas sirvan de muro de contención para las posturas más radicales (el primer ministro serbio ya ha dicho que no utilizara la violencia para “recuperar” Kosovo), pero no debemos olvidar que tradicionalmente son los paramilitares más o menos descontrolados los que llevan a cabo las matanzas. Parece ser que los albaneses odian el licor de ciruela (muy típico de la zona) debido a que era con lo que se emborrachaban los partisanos serbios antes de sus incursiones al final de la segunda guerra mundial, un periodo de la historia menos vistoso que la guerra en si pero que muchos ocuparon en ajustar cuentas en medio del caos de la retirada nazi de los Balcanes y la llegada del Ejército Rojo.

 

De momento solo hay manifestaciones y algún ataque aislado en los puestos fronterizos, pero recordemos las palabras con las que las madres serbias saludaban a sus hijos al nacer durante la ocupación Otomana, la “larga noche Oriental”:

“bienvenido al mundo, joven vengador de Kosovo”





y de primer plato… violencia

19 02 2008

I
Una gran parte de lo que se puede llamar cine contemporáneo es de origen oriental. Entendemos por contemporáneo el que es capaz de reflejar algo, aunque sea una pequeña parte, del mundo donde se ha gestado; esto no quiere decir que trate sobre un tema de actualidad,o incluir personajes verídicos o rimar con palabras que suenen a tecnología (recuerdo esa desafortunada canción de Tam Tam Go a finales de los 90 “te di todo mi amor arrobalopuntocom… mándame un imail que te abriré mi buzón….”). Por el contrario, las películas que son hijas de su tiempo a menudo no necesitan de estos símbolos, por si mismas y desde el principio del metraje provocan una sensación como de estar entre amigos, bajas la guardia y, efecto curioso en el cine, olvidas las comparaciones; es decir, cuando se ve una película de género, pongamos western, la estética que nos muestran, las imágenes que maneja la historia recuerdan, se enlazan con otras películas. La ropa, los edificios, ¡la expresión de la cara de los actores… ¿Qué intérprete se atrevería a usar hoy las muecas de John Wayne en Río Bravo, o la mirada de sátiro de Malcom Macdowell en la naranja mecánica sin miedo a caer en el ridículo de la exageración? Sin embargo en una película de las que hablamos se nota una familiaridad que no tiene antecedentes, un escalofrío morboso que recuerda al que provocan las imágenes de desgracias en televisión, cerca de la excitación y el miedo de identificarse con la víctima, la ira contra la injusticias y por ultimo un momento de farsa final para relajar la tensión y respirar aliviados. Estas películas están tan cerca de nosotros que reflejan con demasiada frecuencia lo peor de la sociedad, ridiculizan los valores y tótem sagrados de la ética.
Afortunadamente para los amantes de lo incorrecto y los malos modales la violencia está de moda. Parafraseando a uno de los creadores de los efectos de Matrix “hemos puesto el listón tan alto que ya no hay listón”. Y es tal la maldad y la indiferencia que muestran los personajes de Ichi the killer, que Takashii Mike, su director, bien podría apropiarse de esta frase para definir su concepto de violencia.
Kakihara

II

Harmony Korine es lla otra cara de la moneda: el realismo duro, grotesco, también cercano a la farsa, pero inquietante por ser la verdad desnuda. Igual que las personas nos parecen extrañas sin ropa, porque vestidas es como nos hemos formado una idea de ellas, los personajes de este director nos provocan la sensación de todos estamos indefensos ante nuestras debilidades, que somos irremediablemente patéticos y trágicos. Por supuesto no es posible el equilibrio, las historias se truncan desde el comienzo. Por eso en Kids es el Sida quien pasa de la indefensa Chole Sevigny a Casper en la escena que cierra la historia y el comienzo de sus vidas adultas y en Ken Park la 1º escena consiste e el suicidio de un adolescente.

Tummler

Dice Werner Herzog “Cuando vi el pedazo de tocino frito pegado en la pared del baño en Gummo, me caí de la silla. (Korine) es una voz diáfana de una generación de realizadores que está tomando nuevas posiciones. Esto no va a dominar el mundo cinematográfico, pero ¿qué importa?”

La simple provocación no causa ningún efecto que no sea la risa a no ser que esté encuadrada en una historia. Y aunque yo no me fijé en el tocino frito de Gummo si que me va a resultar difícil olvidar la expresión indiferente de los ojos de los protagonistas mientras un padre prostituye a su hija para ellos, o cuando Takashii Mike literalmente raja de arriba abajo los estereotipos de amor entre un hombre y una mujer. Muchas veces se ha visto como el chico salva a su amada de las garras del malvado que la tiene retenida, para después fugarse con ella hacia una hermosa puesta de sol. Sin embargo Ichi se masturba mientras golpean a la prostituta de la que se ha encaprichado (por decir algo amable) y cuando finalmente se decide a ayudarla no es por amor, sino por la codicia de sustituir al agresor en su juego masoquista “Te dije que lo mataría por ti…no te preocupes, a partir de ahora, te pegare yo…” es la frase que mejor hace equilibrio entre el terror y la comedia en toda la película, una dualidad muy propia del cine japonés
(Hana bi, el mayor éxito de Kitano, es definida por muchos críticos como “un poema de amor y horror”). Estos directores recogen los frutos de la exposición de la privacidad y los sentimientos, de la liberación de la moral para contarnos historias que nos estremezcan por lo que puede haber de ellas en nosotros mismos y en lo que nos rodea. Y debemos agradecerles esa “voz diáfana”.

III

chica con cancer de mama en gummo

Los protagonistas de Gummo son como aliens de mirada perdida. Una burla sobre la imagen casi mitologica del protagonista rubio, joven y profundamente occidental de gran parte de los sueños de grandeza en el cine y la literatura. Bret Easton Ellis (compañero generacional de Korine y autor de American Psycho) en su novela “Menos que cero” , conduce a muchos de estos herederos del mundo a la oscuridad y el nihilismo entre dinero y peliculas snuff. Ángeles rubios y bronceados que en Gummo parecen haber pasado por un proceso de mutación. De igual forma la muchacha maltratada por Ichi lleva una mascara para infundirnos terror. La mitad de su cara esta limpia, intacta, y su ojo nos mira hasta con dulzura, pero la otra parte está desfigurada, el ojo como un muñón , la nariz hundida, la sangre reseca en la frente y la boca.

Otra burla de las buenas intenciones con paralelismos en las dos películas es que sus personajes están habituados a llevar caretas, adornos, signos tribales postapocalipticos, reciclados de la cultura popular y la mitología es su versión más oscura. Personalmente siempre me ha gustado cuando en una película el protagonista evoluciona fisicamente. No me refiero a casos extremos como Robert Deniro en Toro Salvaje. Hablo de algo más sutil, cuyo ejemplo perfecto seria Jack Nicholson en Chinatown con su célebre cicatriz que nos recuerda durante casi media película que esa es una historia de violencia, incesto y otros temas muy poco asépticos. En Ichi The Killer, Kakihara, el yakuza perseguido por Ichi, nos muestra una cara con las mejillas cortadas formando una expresión que muy pronto veremos copiada en la nueva película de Batman. Las niñas en Gummo entrenan para ser stripers. Los escolares en Ichi the killer violan a sus compañeras. No es casualidad que en ambas la cámara de videoaficionado sea un recurso para evocar recuerdos, suposiciones y revelaciones para los personajes; nos lleva a donde la historia no puede ir por si misma.